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A mediados de la pasada década se publicó en Estados Unidos un controvertido ensayo que sacudió las concepciones que hasta entonces compartíamos como sociedad sobre nuestros usos y costumbres amatorias. Se trataba de El método: al descubierto la sociedad secreta de los maestros de la seducción, editado en nuestro país por Planeta, y que de manera irónica y desenfadada, presentaba una serie de estrategias en teoría infalibles para triunfar con el sexo femenino. “La eficacia del método es del 100%”, aseguraba ufano su autor, el nada agraciado periodista Neil Strauss, cuya (satisfactoria) experiencia personal era, en teoría, la base del libro. Según él, existen unas estrategias que siempre funcionan y que apenas se utilizan, y que pasaba a detallar con ligereza en las más de cuatrocientas páginas del ensayo.

 

El libro, que se convirtió rápidamente en un superventas, proponía entre otras cosas el uso de un lenguaje más asertivo y directo como herramienta imprescindible para ligar. Su texto fue rápidamente criticado por los que consideraron que su punto de partida era indiscutiblemente misógino: al fin y al cabo, defendía la competición entre hombres y los insultos light como dos estrategias útiles para conquistar a una mujer. Un par de años más tarde, las enseñanzas del libro se trasladarían a la pequeña pantalla bajo el nombre de The Pickup Artist, un reality emitido en la cadena musical VH1 en el que cada episodio presentaba de manera jocosa la conversión de un fracasado mindundi en todo un experto de la seducción nocturna.

 

Dicha concepción anticuada y misógina llevó a la desconfianza a gran parte de los investigadores sociales, que consideraban que dicha visión del mundo se desprendía de los prejuicios y ganas de llamar la atención de su autor, no de una investigación rigurosa y fiable. Así que Jeffrey A. Hall de la Universidad de California del Sur, una de las eminencias en el terreno de las relaciones humanas, se propuso junto a la investigadora Melanie Canterberry demostrar lo equivocado que estaba Strauss. Y cuál fue su sorpresa, como relatan en su artículo Sexismo y estrategias de cortejo asertivas, publicado en Sex Roles, que el libro y el programa no estaban tan desencaminados. En realidad, matizaban los investigadores, no es que tales estrategias funcionen de manera universal, pero sí en determinadas situaciones y con un determinado perfil de persona. ¿Cuáles?

Por qué y con quién es útil

Aunque por lo general las frases explícitas y chabacanas eran consideradas como desagradables y dignas de desprecio, las encuestadas solían valorar de una forma positiva las formas de actuación directas y desenvueltas, sobre todo si lo que buscaban era una relación casual. Es decir, el prototipo de hombre presentado por el libro de Strauss, “una exageración del papel habitual de las estrategias del hombre que liga” en palabras de Hall, era deseado por aquellas mujeres “que buscaban una relación a corto plazo”, al presentarse como accesible y disponible. Al contrario de lo que ocurría con las mujeres que buscaban una relación a largo plazo, que perseguían otro tipo de cualidades.

Según los datos del estudio, las mujeres que tenían una visión más sexista del mundo eran las que consideraban con mayor frecuencia este tipo de comportamiento masculino como atractivo, puesto que respondían a lo que esperaban encontrar en el género contrario y a su imagen mental del mismo. En el fondo, decía Hall, era una manera de reconocer mutuamente las necesidades de ambas personas, sin andarse con demasiados rodeos ni convenciones sociales.

 

Esto se traducía en tres comportamientos muy definidos, que eran muy parecidos a los defendidos por Strauss: la competencia (entre hombres), el aislamiento (del grupo de amigas) y el llamado negginguna polémica práctica que consiste en hacer que la mujer se ponga a la defensiva, por ejemplo, realizando comentarios capciosos sobre su apariencia física o sus gustos, y que en teoría, según el autor del librito, nunca falla. Según la investigación, había un contexto en el que tal situación era aceptada en un grado mucho más alto: las fraternidades y universidades americanas donde, señalaban los investigadores, “se favorece este tipo de ideas sociosexuales”.

El atractivo de los machistas

Estos resultados se ponen en relación con el estudio que S.E. Kilianski y L.A. Rudman realizaron a finales de los años noventa, y a través del cual demostraron cómo los hombres que eran machistas benevolentes solían resultar más atractivos que los hombres no sexistas. Y, desde luego, mucho mejores que los machistas hirientes.

Según el modelo creado por Peter S. Glick y Susan Fiskeel sexismo no es monolítico, sino ambivalente. Por ejemplo, se puede ser paternalista, algo comúnmente considerado como machista, pero de una manera negativa (el llamado “paternalismo dominador, que se caracteriza por despreciar a las mujeres y considerarlas infantiles), o positiva (el “paternalismo protector”, que proporciona ayuda y apoyo). También se puede pensar que los sexos son diferentes, pero en unos casos considerando que las mujeres son inferiores, y en otros, manteniendo que simplemente cada uno tiene sus propias peculiaridades. Dependiendo de a cuál de los dos paradigmas responda cada persona, se tratará de un machista benevolente u hostil. Y, según el estudio de Kilianski y Rudman, el primero era el modelo más valorado por las encuestadas, cien mujeres del área de Nueva York.

En otro estudio realizado por Anita K. McDaniel y llamado El comportamiento en las citas de las jóvenes: ¿por qué no salir con un chico majo?, la investigadora se preguntó “por qué las chicas dicen siempre que quieren salir con hombres simpáticos, pero terminan haciéndolo con completos idiotas”. Y, en líneas generales, llegó a la conclusión de que esto se producía porque, en algunas circunstancias, los buenos chicos no eran capaces de proporcionar a sus compañeras aquello que buscaban en una cita, ni poseían los rasgos que las mujeres identificaban como atractivos. No era la bondad, considerada universalmente como positiva, lo que fallaba, sino otros rasgos asociados a esta. ¿Pero cuáles eran estos exactamente?

El triunfo de los “cabrones”

El análisis realizado por la estudiosa decía que no existían dos categorías estancas de chicos simpáticos y chicos bordes, sino una combinación de caracteres que daba lugar a perfiles más deseables y a otros menos deseables. McDaniel defendía que los hombres que más éxito tenían eran los que “resultaban físicamente atractivos, eran divertidos y graciosos, románticos, entusiastas y que encajarían en su círculo de amigas”. En realidad, señalaba McDaniel, “ser considerado simpático y atractivo son los factores más importantes para que te vuelven a llamar”. Entre los factores que restaban interés a las estudiadas, se encontraban la agresividad, ser aburrido y buscar desesperadamente el contacto físico.

Finalmente, el estudio ayudaba a derribar uno de los grandes mitos de las relaciones de pareja: ¿por qué a las mujeres les gusta salir con chicos que las tratan mal? McDaniel lo resumía recordando el razonamiento de John Gray en su ensayo Marte y Venus salen juntos: cómo conseguir una relación estable (DeBolsillo), cuando decía que lo que ocurre es que cuando un chico es rechazado por su potencial futura pareja después de una primera cita, es que si esta le ha recordado lo malo que era su exnovio, comienza a pensar que ha sido demasiado bueno y que dicha chica (“como todas”) prefiere que la traten mal. Una concepción errónea pero habitual, dice Gray, ya que olvida un factor esencial: que dicha visión de su antigua pareja se produce después de la ruptura, y que seguramente esa persona fuese considerada simpática en las fases iniciales de la relación. Y que suele derivar en la idea falsa de que las chicas prefieren a los chicos malos.

En definitiva, lo que todos estudios ponen de manifiesto es el carácter de representación teatral de la mayor parte del cortejo contemporáneo, en el que lo importante no es tanto representar un papel ideal, universalmente deseado e infalible (el de héroe, chico bueno o cínico villano), como el de participar en la misma obra (farsa o drama, comedia o tragedia) que nuestra futura conquista. Es decir, si quieres una comedia romántica, no te comportes como en un drama social.

 

Fuente: ElConfidencial

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