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¿Son las esposas más cariñosas con sus maridos que estos con ellas? ¿Necesita el hombre proteger a su pareja para demostrar su afecto? ¿Está el hombre destinado a perder la pasión por su esposa después de un tiempo? Estas y otras preguntas han sido respondidas en un reciente artículo publicado en el Personality Social Psychology Bulletin titulado ¿Muestran las mujeres y los hombres casados su amor de manera diferente? Su propósito era averiguar si de verdad ambos sexos se comportan de manera tan diferente en su vida matrimonial. Y han concluido que no es así, sino que realmente, marido y mujer se comportan de una manera bastante parecida. “Al contrario que lo que gran parte de teorías y creencias populares consideran,el amor no lleva a las mujeres a comportarse de manera más cariñosa con sus parejas, ni inspira a los hombres a ayudar más en las tareas del hogar”, señala el grupo de investigadores en su estudio.

La mayor parte de la bibliografía existente hoy en día sobre las relaciones de pareja se ha centrado en poner de manifiesto las diferencias entre hombres y mujeres, generalmente desde un punto de vista evolucionista y socioestructural, lo que explicaría todos los problemas de convivencia y entendimiento entre ambos sexos. Es el caso del recurrente ensayo de John Gray Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus (DeBolsillo, 2010) que, publicado por primera vez a comienzos de los años noventa, sigue siendo una de las obras de referencia a la hora de explicar las diferencias entre hombres y mujeres. Es una la línea de pensamiento que ha defendido, por ejemplo, el profesor de la Universidad de Austin David Buss, que desde un enfoque antropológico y psicológico evolucionista, ha defendido durante más de veinte años el origen biológico de las costumbres amorosas. En su artículoActos de amor: la biología evolucionista del amor, escribía que “todos los actos que entran en la categoría de ‘amor’, cumplen un papel relacionado con el éxito reproductivo”, por lo que ambos sexos se comportarían de manera muy diferente para garantizar este éxito.

Ambas obras, aunque pertenezcan a ámbitos distintos –la divulgación en el caso de Grey, el universitario en el de Buss–, han sido muy citadas recientemente en círculos académicos, pero con una intención completamente opuesta: de un tiempo a esta parte, la mayoría de estudios han puesto de manifiesto que la diferencia entre hombres y mujeres no es tan grande como muchos piensan, y que si de hecho siguen existiendo se debe a la permanencia de estereotipos culturales en la sociedad contemporánea.

En esta línea puede clasificarse el estudio anteriormente citado y realizado porElizabeth A. SchoenfeldCarrie A. Bredow y Ted L. Houston de la Universidad de Austin, Texas (es decir, se trata de compañeros de Buss) cuya conclusión principal es que no debemos centrarnos tanto en lo que nos separa como en las abundantes similitudes que nos unen. “Nuestros resultados muestran que las diferencias de género en la expresión del amor son más complejas de lo que los evolucionistas sugerían”, señala el texto. Los investigadores manifiestan que su método es más apropiado que los que han sido empleados hasta la fecha, ya que habían observado a los analizados durante su vida diaria sin preguntarles directamente por su opinión, puesto que “así sólo habríamos descubierto cómo los hombres y las mujeres consideran que deben amar, no cómo lo hacen realmente”.

Trabajando por una causa común

Sin embargo, los tejanos conceden que existen un conjunto de comportamientos que diferencian a hombres y mujeres. La principal divergencia enunciada por el grupo de investigadores es la que señala que las mujeres tienden a expresar su amor con el objetivo de generar un clima familiar positivo, mientras que los hombres suelen buscar actividades que puedan realizar junto a su compañera. Esto se traduce en conductas concretas, como es el hecho de que el sexo femenino intente no expresar su disgusto o una opinión negativa si ello puede poner en peligro el buen ambiente del hogar, y que los hombres se muestren más activos en su búsqueda de planes, por ejemplo, tomando la iniciativa sexual en la mayor parte de las ocasiones. En el caso de las mujeres, señala la investigación, el comportamiento femenino es tanto afectivo como adaptativo, es decir, la motivación última de su comportamiento es evitar conflictos peligrosos y servir a una causa común, que es el bienestar de la familia, por lo que muchas veces las expresiones de amor no se manifiestan de forma explícita, sino más implícita.

En lo referente a los hombres, Schoenfeld y sus compañeros insisten en señalar que, al contrario de lo señalado por otros estudios, ni son menos cariñosos, ni rehúyen a su mujer al cabo de un tiempo, ni intentan evitar las tareas domésticas. Más bien, al contrario: según los datos obtenidos por el grupo de investigadores tejanos a partir de los testimonios de 168 parejas del estado norteamericano de Pensilvania, aquellos hombres que amaban con mayor entusiasmo a sus parejas, solían realizar un mayor número de actividades junto a ellas. Es decir, no se trata tanto de mostrar el afecto de manera cariñosa –algo que, aclaran los estudiosos, también hacen–, como de compartir tiempo. Se señala en el estudio que, aunque la importancia del compañerismo en las relaciones entre hombres ya se había puesto de manifiesto con anterioridad en otros estudios, es la primera vez que esto se traslada al ámbito del matrimonio (heterosexual) y que atañe al tiempo de ocio, al sexo y a las actividades del hogar.

¿Una perspectiva andrógina?

En el estudio realizado por la Universidad de Texas se cita un célebre ensayo publicado en 1986 por Francesca M. Cancian llamado La feminización del amor y que sugiere una visión muy diferente sobre nuestra percepción de las diferencias entre sexos. En él, la autora partía de la idea de que nuestranoción de lo que es el amor está relacionada estrechamente con las formas de expresión románticas femeninas, lo que provoca que ignoremos las manifestaciones masculinas de cariño, puesto que no pertenecen al canon de los signos que interpretamos como amorosos. Para Cancian, existen dos modelos generales de comportamiento amoroso, que corresponderían a cada uno de los géneros: “Identificamos el amor con la expresión emocional y hablar con los demás de sentimientos, es decir, el terreno donde suelen clasificarse las mujeres y donde estas suelen tener mayores habilidades sociales”, señalaba la autora.

“Por el contrario, tendemos a ignorar los aspectos más físicos e instrumentales del comportamiento masculino, como pueden ser ayudar a la pareja, compartir actividades y practicar sexo”. Este olvido, según la socióloga, deriva en que exijamos al sexo masculino algo poco natural, que es adoptar actitudes femeninas para demostrar su amor, pasando por alto que ya lo hacen, pero de otra manera. Es precisamente esta paradoja lo que la autora denomina “la feminización del amor”, y que implica la noción equivocada de que las mujeres están mucho más dotadas que los hombres para amar.

Frente a esta situación, Cancian proponía una perspectiva “andrógina”, es decir, alcanzar un modelo que combine las características de ambos sexos. “Mi definición del amor duradero es una relación en la que un grupo de personas se encuentran afectiva y emocionalmente comprometidas, consideran su bienestar común como su máximo objetivo y se sienten impulsados a proporcionar ayuda a su amado”, señalaba la autora, que recalcaba quetanto las cualidades femeninas como las masculinas eran útiles en una relación a largo plazo. Al mismo tiempo, el ensayo de Cancian se constituía como una dura crítica hacia esas consideraciones de la expresión romántica “reduccionistas” y “feminizadas”. Hace más de veinticinco años, la autora ya expresó ideas semejantes a la del grupo de investigadores tejanos: no existe una manera exclusiva de amar ni de manifestar el cariño. Parafraseando la celebérrima sentencia de Love Story (Arthur Hiller, 1970), parece ser que amar no es tener que decir “te quiero”.

 

Fuente: ElConfidencial

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