Sin ganas, sin fuerza, con ganas de algún cambio

Salimos del secundario con un mandato: elegir, nada menos que a los 18 años (tiempos inciertos si los hay), lo que queremos hacer para el resto de nuestras vidas. ¿Es lógico vivir preso de algo que decidimos cuando ni siquiera terminábamos de saber quiénes éramos? Si quieres barajar y dar de nuevo, vale. No es fácil, pero es una hermosa aventura. Anímate.

A muchas nos pasa sin que podamos siquiera reconocerlo. En un momento, sentimos que ‘eso que hacemos desde hace años’ dejó de hacernos felices. Que en nuestro trabajo, o en nuestra profesión, la pasión desapareció. Que nos aburrimos. Que aquello que nos motivaba y nos gustaba se convirtió en algo aburrido, rutinario, en apenas un medio para obtener un ingreso. Y entramos en crisis, la pasamos mal, nos apagamos. ¿Te pasó? No te asustes: es mucho más frecuente de lo que imaginás.

Pensemos juntas. En realidad, hasta es lógico. ¿Qué capacidad tenemos a los 18 años de decidir qué queremos hacer para toda la vida? Al terminar el secundario, ¿tenemos recursos y conocimientos, o experiencia, para saber de qué nos gustaría trabajar por muchísimos años? ¿Existe eso que llamamos vocación, como algo único y para siempre? ¿Tenemos que ser víctimas o rehenes hasta el final de nuestra vida productiva de lo que decidimos cuando éramos poco más que una adolescente? ¿Por qué no escuchar y ser fiel a los cambios que se van dando en nuestra vida, en nuestro interior, en nuestros gustos? ¿Por qué no despedir, alguna vez, con amor y agradecimiento, aquello que fuimos para ser otras?

Crisis positiva

Se llama crisis positiva y es un camino posible hacia el bienestar y, por qué no, la felicidad. No es fácil: un adulto no cambia de rumbo a puro volantazo, ni abandona lo que fue en diez minutos. Tampoco puede, en general, soltar aquello que le genera ingresos ni comenzar de cero a los treinta y largos, a los cuarenta y pico, a los 50. Pero es cuestión de pensarlo, planificarlo y empezar a diseñar un cambio. ¿Por qué no?

Entremujeres consultó a dos especialistas en recursos humanos, Claudia Nisebe y Jorge Contenti, de la consultora i4d Ideas For Development.

1) Cuando uno advierte que ya no es feliz con lo que hace y que necesita un cambio, muchas veces siente miedo y mucha frustración. ¿Qué hacer ante esta situación?

Tanto el miedo como la frustración son sentimientos que suelen aparecer frente a una instancia de cambio. El encarar una acción nueva, una que nunca hemos experimentado y que se rige por la incertidumbre propia del desconocimiento, acarrea el temor propio de “¿cómo será?”. Asimismo, una de las limitaciones, por no decir mecanismos de defensa, típicas del “no cambio” están arraigados en el no atreverse a romper con la normativa establecida.

Aún en aquellos momentos en los cuales nos encontramos disconformes con lo que hacemos o vemos para atrás y consideramos que lo logrado se encuentra por debajo de nuestras expectativas iniciales, el motor para el cambio puede llegar a ser insuficiente ante el desafío de salir del estado de confort actual.

Como nos muestra Daniel Goleman, a través de sus desarrollos sobre la inteligencia emocional, lo primero es tomar autoconciencia de cuáles son las emociones que nos embargan ante ciertas situaciones y, a partir de ahí, comenzar un trabajo propio e individual para llegar a autorregularlas, ya que las emociones asoman sin que podamos determinar cuándo y dónde debemos experimentarlas. Si somos concientes de que cualquier proceso de cambio que encaremos nos puede despertar temor y frustración, saber que estos sentimientos son fruto de esta nueva realidad que tratamos de construir.

Frente a esto, lo principal es ser honestos con nosotros mismos y aceptar que toda posibilidad de mejora se encuentra enmarcada por el sacrificio propio del aprendizaje de lo nuevo. Aprendizaje caracterizado por ser el reino de lo inesperado y lo difícil. Es importante recordar que la mayoría de las competencias aprendidas (conocimientos, prácticas, habilidades) a lo largo de nuestra vida inicialmente no fueron placenteras y que más bien demandaron esfuerzos adicionales, como ser horas de estudio, mucha práctica y en ocasiones frustraciones por doquier. Como un simple ejemplo podemos mencionar la primera vez que nos sentamos frente al volante de un auto. Por lo tanto podemos definir que todo proceso de cambio y aprendizaje requiere de experiencias desarrolladoras caracterizadas por condiciones negativas (temor, ansiedad, angustia, frustración, etc.).

En síntesis, tenemos que ser concientes de que romper cualquier paradigma establecido demandará transitar por el valle de la desesperación hasta generar un nuevo status quo. “El fracaso es normal, sólo tu miedo le da la categoría de catástrofe”, decía Facundo Cabral.

2) Es riesgoso dejarse llevar por los impulsos. ¿Cómo empezar a planificar un cambio, cómo transitar este proceso, qué cosas evaluar?

Una vez tomada la decisión de encarar un proceso de cambio hay que considerar factores relacionados con la toma de decisión, para lo cual y dependiendo de la envergadura del cambio a realizar, es importante tomarse un espacio de reflexión y planificación. En este sentido es recomendable comenzar a transitar un camino cuyo punto de partida sea uno mismo, para luego examinar el micro y macro entorno. Un camino que implica descubrirse y re-descubrirse en nuestras propias fortalezas y áreas de mejora, propias de cualquier persona. Tarea que implica un trabajo de introspección que nos permita conocernos como somos y cómo nos consideran que somos, como menciona Sócrates “Una vida no indagada, no merece ser vivida”. Esta tarea no implica una exclusividad propia, podemos contar con la ayuda de la gente con la que interactuamos normalmente en diferentes espacios, personal, familiar y laboral.

Posteriormente debemos comenzar a evaluar el grado de relevancia que requiere esta nueva realidad. Es decir: ¿hablamos tan solo de cambios que impliquen decisiones cotidianas y logísticas cuya metodología más recurrente puede partir del mismo sentido común, intuición o habilidades aprendidas? ¿O nuestro enfoque se proyecta más a mediano plazo, donde debemos contemplar diferentes herramientas a utilizar y los sesgos propios de nuestra forma de ser? Decisiones concientes que abarcan desde unas simples horas hasta días.

Por último, nos encontramos con aquellas decisiones estratégicas cuya implementación demandan desde semanas hasta meses, cuya complejidad analítica requiere recabar una serie de variables externas para posteriormente arribar a un análisis más riguroso.

Si bien en el proceso de cambio podemos limitar muchos indicadores críticos de éxito, siempre debemos ser lo suficientemente flexibles para aceptar que existen variables incontrolables, que están más allá de nosotros pero que sí nos afectarán.

Sea cual fuese el rumbo que encaremos en nuestro proceso de cambio, no debemos dejar de analizar y ponderar aspectos como: beneficios y potenciales perjuicios, costos implicados (materiales y emocionales), impacto en nuestras relaciones, comunicación del por qué del cambio (minimizar resistencias), actores y tiempos, recursos requeridos (aprendizajes, tiempos, etc.), herramientas de monitoreo y supervisión del cambio.

3) Nunca es tarde: disfrutá el plan B

Es claro que no es fácil –ni adulto- patear el tablero y, también que hay profesiones que uno no puede arrancar a los cuarenta y pico o cincuenta años, cuando las responsabilidades cotidianas son muchas y cuando hay carreras que demandan muchos años de estudio y otros tanto de inserción laboral.

Pero desterremos esa mirada negativa que sólo nos victimiza. No poder hacer todo no implica no tener la posibilidad de arrancar con algo que nos haga más felices. Hoy hay carreras cortas, posgrados, cursos, talleres u otros espacios que nos permiten vincularnos con eso que nos gustaría explorar y, a lo mejor, ser. Animate. Soltá para tener más. La meta se llama plenitud, y se parece a la libertad.

Fuente: EntreMujeres

Anuncios