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¿Por qué somos las mujeres las que escribimos sobre sexo? Esta es mi contrapregunta al relato de mi amigo sobre la pública desinhibición femenina de los tiempos que corren.

Me dice él que, unas semanas atrás, en una cafetería de Berlín, escuchó a dos veinteañeras contándose felaciones con todo lujo de detalles, en español, y a volumen muy audible. Días después, sigue su narración, vio en un restaurante de Madrid a un grupo de cinco o seis treintañeras mostrándose el vibrador que una de ellas había recibido de regalo, y bromeando en alto, como para que todos los comensales estuvieran enterados.

Mi amigo sostiene que si, en un bar, un grupo de hombres adultos se pasara una muñeca inflable de mano en mano, y a las carcajadas, cada uno de ellos sería catalogado de ‘morboso, salido, indeseable’. En cambio, las mujeres… ¿son guays?

Mi contrapregunta va dirigida a sumar información a este nuevo espíritu de los tiempos (‘nuevo’: de unas tres décadas acá). Es cierto que las viejas vallas moralistas que se erigían, fundamentalmente, contra un sexo (el femenino) han ido cayendo. Y en ese lento pero inexorable derrumbe de prejuicios, las mujeres empezamos a dudar sobre variados temas que tienen que ver con nuestro deseo y nuestro disfrute.Con poca vergüenza, o con mucha vergüenza pero con verdadera necesidad, nos preguntamos cosas, y así empezamos a escribir, a reflexionar, para ir resolviendo algunas dudas, al menos la que tienen respuesta. También hemos aprendido a reírnos de las cosas del erotismo con amigos y amigos y a narrar hazañas, como antes lo hacían nuestros compañeros, durante la larga noche en que nosotras tuvimos que esconder nuestros placeres inmorales.

En una charla casual, le planteé la constatación a nuestro sexólogo colaborador,Iñaki Lajud, y él acordó en que somos las mujeres las que, históricamente, nos hemos atrevido a mostrar nuestras cavilaciones, en este y en otros asuntos. Me decía Iñaki que, como contrapartida, los hombres siempre han tenido elmandato social y familiar de ser expertos. Ponía el ejemplo de que antes las madres les decían a sus hijas vírgenes: “no te preocupes, tu marido te explicará lo que tienes que hacer en la noche de bodas”.

Sé por propia experiencia que en algunas culturas está muy mal visto que el hombre dude públicamente o que se quede sin responder alguna pregunta, aunque nimia, frente a los demás, en la calle, en una taberna, en el mercado…

En ciertas latitudes geográficas o religiosas, el varón tiene que saberlo todo y creo que, de algún modo menos acusado, ese mandato está presente en territorios culturales más extendidos que los que podemos adivinar a bote pronto. Así, las dudas masculinas suelen expresarse más bien sotto voce, en el refugio de una relación de confianza, en el hogar y, por supuesto, en la cama.

¿Será que vamos encontrando fundamentos al hecho de que somos, mayoritariamente, las mujeres las que escribimos y hablamos sobre relaciones y erotismo en los foros públicos y en los medios?

Otra sexóloga, Silvia Carpallo, comentaba también en este blog que “a las mujeres les costó más hablar abiertamente de sus deseos ocultos” y que “fue la periodistaNancy Friday en los años setenta, con su libro Mi jardín secreto, quien desveló a la sociedad norteamericana las fantasías ocultas de sus mujeres, y alguno de esos deseos resultaron algo inesperados”.

 

A veces nos sorprenden y nos fascinan los hombres que hablan de sus misterios y que plantean preguntas. Hace un par de semanas, Castigo_mental, un lector que asegura no haber llegado a la treintena, dejó, aquí mismo, un comentario muy sentido y francamente interesante. Quiero transcribir un fragmento: “El falo es a la vez maldición y bendición (…), donde reside el mayor orgullo del hombre está también su mayor debilidad, pues el símbolo de toda su esencia y virilidad está en el falo. (…) Desde mi punto de vista, el falo no tiene razón de ser sin un ente que lo abrace y acaricie sus ‘turgencias’, y por ello el falo en su mayor expresión busca desesperadamente a la vagina y suspira por complacerla (…). En las ensoñaciones sexuales del hombre siempre hay un/a amante satisfecho/a y suspirando por los favores de un pene erecto, y es precisamente esta visualización del placer ajeno la que da forma al erotismo masculino”.

 

Continúa Castigo-mental: “Quizás no muchos hombres lo reconozcan, pero sé que muchos de nosotros hemos sentido curiosidad y nostalgia por ese placer mágico que el pene evoca, y por ello hemos envidiado a la mujer. Es de sobra conocido que la mujer es capaz de sentir mucho más placer que el hombre, y muestra de ello es la infinita sensualidad femenina, esa mística cualidad de disfrutar con todo el cuerpo y con la mente del acto sexual, de cada caricia y beso, de cada gesto de complicidad… y sin embargo el hombre concentra prácticamente toda su sexualidad en el falo (…)”.

Así es que, no solo por seguir descubriéndonos a nosotras mismas, sino también por vuestras curiosidades, podemos y debemos seguir disfrutando de hablar, reflexionar y dejar escritas nuestras perplejidades sobre nuestra/s sexualidad/es.

 

Fuente: ElPais

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