High-Res Stock Photography: Family of 4 walks over grassy hill…

 

Si hay un ámbito en el que las recetas infalibles no existen, ese es el de la vida de pareja. Basta con enfrentar las posiciones de May y de Carolina, dos mujeres de hoy que aspiran a ser como las de ayer y conseguir que sus matrimonios duren para siempre (o al menos hasta que sus respectivos fallezcan, con una alta probabilidad estadística de que sea antes que ellas). May lleva 20 años con su marido (tiene 45) y Carolina 10 más (tiene 57). May afirma que “una de las cosas esenciales para durar es ser sincero, no vas a estar toda la vida con alguien a quien le vas a ocultar esto y lo otro”. Carolina, sin embargo, afirma que “la mejor terapia es mentir todo el tiempo: no estás gorda, eso te queda genial, no es lo que parece, ¿en qué voy a pensar? En que eres la más guapa del mundo, etc… Si estás con alguien es porque quieres, ¿para qué vas a estar señalándole siempre sus puntos flacos? La gente necesita sentirse importante. Hombres y mujeres”.

Sin embargo, aunque visiones tan dispares les han funcionado, una relación de largo recorrido pasa inevitablemente por distintas crisis. Por bien que se lleve, hay momentos en los cuales la repetición de patrones y comportamientos puede dejar a cualquiera de los dos exhausto y hacer que otras opciones parezcan de pronto excitantes y nuevas. “Por un lado”, dice Carolina, “el tiempo consolida las cosas, pero es verdad que a veces uno piensa ‘me estoy perdiendo algo, hay otra vida fuera’ y creo que es en ese momento cuando se tira todo por la borda sin mucho sentido. Las elecciones exigentes tienen eso, que son exigentes, que no puedes bajar la guardia”.

El agotamiento de la relación

Fernando es uno de los que la bajó y de los que se arrepienten de haberlo hecho. Rompió un matrimonio de dieciocho años y, mirando atrás, reconoce que lo obtenido fue apenas nada: “se me cruzó una persona mucho más joven y caí en ese viejo asunto del ‘último tren’. La rutina, por buena que sea, crea sensación de déjà vu y lo nuevo, por malo que sea, motiva. Por eso se les llama aventuras. Las palabras dicen mucho de las cosas a las que nombran”.

Hay quien, como Celia, prefiere en cambio poner tierra de por medio sin romper la relación: “Llevo veintipico años casada y hace al menos cinco que las vacaciones nos la  tomamos cada uno por nuestra cuenta. No tiene nada que ver con conocer otra gente ni nada de eso. Somos felices, pero necesitamos dejar de vernos la cara de vez en cuando”.

 

Y es que “la relación no necesariamente agota, pero desde luego, puede ser agotadora”. Lo dice el psicólogo y experto en terapia de parejaMiguel Hierro, que sin embargo alerta de que generalizar es imposible en este campo. “Este aspecto varía mucho de unas personas a otras. Tiene que ver fundamentalmente con la expectativa que tengamos de la relación e incluso con aspectos ajenos a la misma que influyen (familia extensa, situación económica, desempleo, vida social…)”.

 

En su opinión, el panorama “ha cambiado mucho en los últimos 100 años, con el acceso de la mujer al trabajo y la normalización de elementos que previamente eran tabú, como las relaciones extramaritales”, y afirma que “cuando se plantea una convivencia es importante que se reflexione sobre cómo se desea llevarla, pero no sólo eso: esa reflexión debe volver a ejercitarse de manera periódica, viendo qué es lo que se pide y que es lo que se ofrece y si está funcionando”.

 

Hablar con la pareja

En efecto, las expectativas de May y de Carolina eran también diversas (May quería “casarse y tener una familia, lo normal”, Carolina lo enfocaba desde un punto de vista “más romántico”) pero ambas han sabido llevar a cabo esa actualización que plantea Hierro, esa “ITV emocional” de la que han hablado a menudo psicólogos como el gallego Jesús Reiriz cuando han abordado el caso del matrimonio. Curiosamente, pese a las diferencias, a ambas mujeres la evolución y el replanteamiento las han llevado a ganar espacios propios de libertad y a aprender a respetar los del otro: “‘Te quiero mucho pero no te necesito cerca todo el día’ lo resumiría bien”, dice Carolina con humor, en una reflexión casi idéntica a la de Celia.

 

Hierro pone ejemplos sencillos pero muy ilustrativos de qué hacer antes de que la pareja se rompa. “Hay que articularlo con franqueza, poder hablar sin reproches ni acusaciones sobre nuestras sensaciones, estado de ánimo etc. Si una persona está cansada de ir los domingos a jugar al tenis o tener que comer con la suegra siempre en Navidad y le apetece más otro plan, lo mejor que puede hacer, como primer paso, es reconocer esas sensaciones y hablarlo con su pareja… Asimismo, propondría ser receptivo a las propuestas de cambio de la pareja. No se trata de decir a todo que sí, pero si una persona plantea una necesidad, hay que tratar de buscar entre ambos una alternativa que la resuelva”.

Ese primer paso de comunicación parece extenderse al resto de los pequeños/grandes problemas que pueden surgir en una larga vida en pareja. Como las fantasías: “el primer paso es decirlo, pero siendo cauto. Es normal que surjan fantasías, no sólo sexuales, sino profesionales o románticas, aunque es cierto que hay algunas que yo no aconsejaría contar a la pareja. Si tienes una fantasía sexual con tu compañera de trabajo, contárselo a tu mujer sólo creará, probablemente, dudas, inseguridades y problemas”.

El valor de la autonomía y de la independencia

En cuanto a la creciente tendencia a las separaciones temporales, Hierro apunta que “la opción de separarse temporalmente no es habitual en terapia, aunque existirá probablemente gente que lo haya hecho y a la que le haya ido bien. Sin embargo, en mi experiencia, ese tipo de separaciones temporales son el preludio de la ruptura definitiva. Una solución (o intento de solución) puede ser muy coherente para una persona y muy absurda para otras. Existen parejas que una o dos veces al año hacen un viaje (un fin de semana, un puente) con amistades pero sin la pareja, aunque quizás no como una respuesta a una crisis de relación. En los últimos cincuenta años, la vida de la pareja viene siendo cada vez más diversa por motivos sociales y culturales: trabajar ambos en empleos diferentes (con compañeros de trabajo distintos), un mensaje social que valora la autonomía y la independencia, etc.”.

 

En su experiencia, “la mayor parte de parejas se separan por lo que llamaríamos desamor”. Sin embargo, dice, ese “desamor” es sólo la cara visible de una serie de problemas previos y de una falta de comunicación que termina haciendo inviable la convivencia”.

En cuanto al tópico de la búsqueda de “otros”, es escéptico: “creo que las relaciones sexuales o afectivas fuera de la pareja generan inseguridad, desconfianza, fantasías, incomunicación… Probablemente haya parejas que aceptan una relación abierta y les da buen resultado. En mi experiencia, son excepciones”.

Fernando, que cuando dejó a su mujer por una jovencita, terminó experimentando una de esas relaciones “abiertas” de las que habla el experto, comenta con un deje de rencor que “las parejas abiertas son como todo lo que uno quiere de manera enfermiza: casi siempre cuando lo consigues te das cuenta de que hay que tener un temple especial, de que no vale cualquiera. Yo, por ejemplo, no valgo”. Su “aventura” duró poco finalmente. Ahora lleva dos años intentando regresar con su mujer –“me he dado cuenta de que es el amor de mi vida”– y aunque por el momento no lo ha conseguido, es optimista. “Nos llevamos bien”, dice. “Nos conocemos. En el fondo, lo quieras o no, después de dos décadas de convivencia, aunque te separes, no se deja de tener nunca una relación”.

 

Fuente: ElConfidencial

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