Fotografía de stock: Fallen angel

Nadie dice que sea fácil perdonar. Lleva su tiempo liberarnos de las personas que nos han hecho daño: unas veces perdonamos de golpe y otras poco a poco. En ocasiones hay quien necesita perdonarse a sí mismo; son esas personas que precisan controlarlo todo en extremo y tienen dificultades para perdonarse a sí mismas. Algunos ven en el perdón un signo de debilidad, razón por la que les cuesta pedir perdón. Nada más lejos de la realidad, más bies es un acto de valentía. 

El perdón es una decisión, no un sentimiento. Cuando perdonamos dejamos de estar ofendidos o resentidos. Dejamos de sentir rencor. Poco importa si el otro se arrepiente, lo reconoce, o no. Lo importante es no sentirse atado a la actitud del otro. Perdonamos por nosotros, no por los demás. Aunque es beneficioso para todos: el ofendido y el ofensivo.

Para saber qué es el perdón, hay que aprender qué NO es el perdón:

+ El perdón no es olvidar, es recordar sin dolor y rencor. Los recuerdos no desaparecen de la noche a la mañana. Permanecen, no se olvidan. Lo más importante es lo que te despierta ese recuerdo. Por ello, es bueno acordarse de todo y sacar lo positivo.

+ Perdonar no es minimizar las cosas. Cuando uno está enfadado ni tiene que exagerar, ni tampoco ha de restarle importancia. Es importante sentir el enfado para poder perdonar. Si uno guarda su rabia, acaba explotando de mala manera.

+ El perdón no siempre es reconciliación. Se puede perdonar un engaño, pero no implica que continúe esa relación de amistad, pareja o laboral.

Perdonar no significa justificar. No es perdonar el hecho de justificar una ofensa.

Varias investigaciones de la Universidad de Harvard demuestran que el acto de perdonar conlleva muchos beneficios: libera el estrés, mejora la salud cardiovascular y el dolor de espalda, entre otros.

Fuente: Tu voz en tu vida